Sircacota, una de las más espléndidas ciudades de la antigüedad, considerada como la ventana a la perfección, fue en su época de las más importantes ciudadelas, tanto como muralla defensiva o como atrayente de mercaderes y otros comerciantes. La maldición que esta recibió por parte de los magos del norte fue tal que destruyó todo rastro de vida, ya fuera animal, vegetal, humana... Ahora era la Ciudad Maldita.
En las ruinas de lo que Sircacota llegó a ser, Elderon esperaba y seguía buscando a alguien que aun quedase allí vivo. No parecía haber vida allí, y mientras Elderon lo buscaba, sentía una presencia desconocida que acechaba.
Elderon no buscaba otro artefacto que el Loto Dorado, el que todo deseo que pida su dueño este concede.
El Loto Dorado, objeto de leyendas, que provocó la muerte de muchos en la Edad Olvidada. Una simple planta que era a la vez el todo y la nada, el fuego y el agua, el mal y el bien. Ni los hombres ni ningún ser viviente, exceptuando el Imperio Élfico, lo recuerda. Leyendas que no daban crédito alguno a lo que llegó a provocar. Se olvidó, por suerte, este hecho, y los longevos elfos aún lo recuerdan, pero su sensatez les lleva a no revelar nada. No sintieron curiosidad, y no buscaron nada, pero sus escrituras le dejaron todo claro a Elderon. No era estúpido. Tenía la mayor fuente de poder existente en todo el mundo conocido al alcance de su mano, sólo debía atraerlo. Y no le costaría trabajo, aunque el tan sólo intentarlo le podría costar la vida, o a la vez regalarle una vida eterna llena de alegrías y fortuna, todo lo que Elderon pudiera desear, y aún más.
***
Los cascabeles del caballo de Ervha tintineaban con suavidad mientras ella y Ravel viajaban hacia el Norte. Los ancianos les esperaban, y Ravel, nervioso, desconocía todo lo que veía: las hojas caer de los árboles, como las mariposas revoloteaban por los campos, el bello nado de cualquier pez, ... Simplemente, todo era bonito, como en Horston. Pero era bonito de otra manera; había más naturaleza que en Horston, pero menos civilización. Vivir en el campo podría ser bonito, pero era demasiado distinto a lo que estaba acostumbrado Ravel.
Los cascabeles del caballo de Ervha tintineaban con suavidad mientras ella y Ravel viajaban hacia el Norte. Los ancianos les esperaban, y Ravel, nervioso, desconocía todo lo que veía: las hojas caer de los árboles, como las mariposas revoloteaban por los campos, el bello nado de cualquier pez, ... Simplemente, todo era bonito, como en Horston. Pero era bonito de otra manera; había más naturaleza que en Horston, pero menos civilización. Vivir en el campo podría ser bonito, pero era demasiado distinto a lo que estaba acostumbrado Ravel.
Sin embargo, Ervha quería acampar en medio de la nada, donde les había conducido su hermoso caballo, blanco, de un blanco purísimo, y una bella crin hacían de ese caballo una perfección que casi alcanzaba. Entonces habló Ravel.
-Ervha, ¿de dónde es este hermosísimo caballo?
-De la mismísima perfección, Ravel. - contestó Ervha
-¿Eso dónde está?
-La perfección no es un lugar, es un hecho. Pero tampoco es un hecho, sino la razón por la que intentamos mejorar, y la razón por la que criticamos, tan sólo que la perfección de la que te hablo ya no existe.
-¿Por qué?
-Por que ese sitio dejó de existir, Ravel. Es tan sólo ruinas lo que queda de el sitio de la perfección de la que te hablo. Esa ciudad muerta de la antigüedad es de la que hablo y a la que vamos, ya que allí nos esperan los magos del norte.
(sin terminar)


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